Lo poco que sé de la vida

No sé dónde va a parar lo que no se dice ni los planes que no se hacen realidad. No sé qué contestar cuando me regalan un cumplido. No sé Ser protagonista salvo de mi propia vida y a veces caigo en el error de olvidar que es solo mía.

No sé contar chistes, tampoco guiñar un ojo sin cerrar el otro. No sé vivir sin sentir; ni levantarme cuando lo dice el despertador, un horario o la rutina…

Lo poco que sé de la vida lo aprendí en una tormenta que me ha llevado hasta hoy.

Sé que en la vida hay momentos, que sin la tristeza no se aprecia la alegría, que no existe lo malo sin lo bueno.

Sé que limitarse a existir es estar muerto.

Sé que hay amores que te agarran del brazo antes de que cruces la puerta, que se hacen más grandes cuando pasan el pestillo, que hay palacios de una habitación en calles peatonales y ventanas que dan a la trastienda con más luz que una terraza.

Apenas sé algo de la vida, lo sé.

No sé si es mejor salir corriendo y evitar, que aprender a lágrima viva.

No sé cuánta gente busca algo que no encuentra y empieza a rendirse, cuánta ya lo ha encontrado, pero prefiere hacerse “la loca”, cuanta está acompañada y, sin embargo, se siente sola.

No sé si soy la única que guarda más de una primavera en el bolsillo, ni si soy un bicho raro porque desde el lunes comienzo a entrenarme para ese día de la semana que empieza a doler. No sé cuántas certezas he tenido, cuántas dudas vendrán o cuántas sonrisas me quedan por estrenar.

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No sé dónde ni en qué manga se guardan los ases.
No sé hacer trampas, tampoco echarme un farol.
No sé si tener miedo implica estar vivo, tampoco si hay peor ofensa que la pena que no es igual a la compasión.

Sé que hay quienes eligen bando, sonoras frases que chirrían en cualquier oído y que se insiste en pronunciar.

No sé pisar el asfalto, no sé dejar de mirar al cielo, el universo, los astros…

Sé que unas veces se gana y otras se pierde, también que hay que saber dejar ganar a otros. Sé que él ya no recuerda los años en los que ocupó el asiento de al lado y que su adiós llegó tarde a mi olvido.

Sé que hay nudos en la garganta que solo deshacen las palabras y cosquillas que culminan vertiginosas en la caja torácica que no significan nada. Sé que tengo las rodillas igual de desgastadas que tú y que los dos somos más lo que escondemos, que lo que enseñamos.

Sé que hay fantasmas en los que he dejado de creer porque ya no están. Sé que no hay que quedarse en la orilla por no saber nadar. Sé que hay mundos que no terminan con un estallido, sino con un sollozo. Sé que hay valientes llenos de miedos que tiemblan y hacen temblar.

Dácil Rodríguez

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Escritora natural de Santa Cruz de Tenerife
y autora de la novela ¿Dónde está el hombre de mi vida?

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