Todo depende del jardín, y del barro (y de los ojos con que se mira)

Gira, el mundo gira, y seguirá girando… Con su ritmo, a veces, frenético o cansado.

No clavo la vista en el suelo cuando ando, miro al frente, y solo, esporádicamente, si algo o alguien capta mi atención, afilo la mirada deslizándola a un lado… Si me paro, mis ojos se elevan imantados para perderse un rato. Un ratito, un plácido ratito en ese vaporoso piélago que me regala el toque de magia que envuelve lo infinito. Imagino el humo del tabaco como el de una chimenea que baila tras las nubes sin poder alcanzarlas sudando hollín, al tiempo que éstas se ponen en dirección al viento para que las empuje. Solo tengo un rato, un ratito, el reloj asfixia y los minutos corren perseguidos por un asesino en serie, el móvil suena. ¡Merde, solo me extravié!

A Miguel lo ha dejado su novia. No pasa nada, no significa nada, antes él dejó a otras tantas que fueron su novia, y tampoco significó nada. Follaron la noche anterior y, por la mañana, ella dio un salto de la cama diciendo: “No podemos seguir así. Se acabó”. José le responde que es una puta amargada.

La conversación de los tres tipos de cuarentaynada empapa mis oídos sin pena y sin gloria, pero se inmiscuye en mi lectura durante unos segundos, hablan muy alto y sus voces chirrían en mis tímpanos. Todo depende del jardín, y del barro.

—El que se ha echado churri es Antonio, y bastante guapa.

Sin siquiera realizar un esfuerzo por evitarlo, aguardo el siguiente comentario. Le doy un sorbo al rooibos de maracuyá mientras leo, bueno, leía. Y en la mesa de al lado, ellos mastican el desayuno. Me toca esperar, doy palmaditas en el tablero como si mi tribu estuviera en peligro, redoble de tambor, ahí va José de nuevo: “Oye, tengo que presentarte a Alicia. Es muy tranquila. No le gustan los problemas y siempre está alegre”. Dialogan sobre la máquina nueva para pectorales del gimnasio, el aumento de la cuota a UNICEF para la puta renta (puta vale igual para amargada que para el IRPF), de los despidos masivos y del próximo viaje en plan mochileros (divagaciones febriles varias en las que bajan el tono, retomo la lectura).

—Es que a tu ex no hay quien la aguante. Te sigues liando con “el cuerpo”, ¿no? Una tía soltera a esa edad, te la puede montar gorda, ten cuidado que está en ese “ahora o nunca”. — Risas de aprobación.

No se mueve mi bata de cola. Imagino al tal José sobre un escenario y un público que vitorea y aplaude a su gurú. Me levanto, miro de reojo a la mesa con esa soberbia que viene a juego con la nobleza, por si se me queda algo en un descuido, y sin hacer ruido, me voy. Mientras ando en otra dirección reflexiono en el concepto de perdonar la vida y en la guillotina, en el escapismo de las distracciones mundanas, las decepciones que regala la arrogancia repleta de proyecciones para justificar el miedo a ser más y mejor alcanzando el clímax con el verbo juzgar, las etiquetas y derivados.

Sigue el día, y la vista al frente. Un sonido estridente abstrae mis andares: “Mira”. Yo miro al suelo dando por hecho que en el continuo despiste de carreras, se me ha caído algo, suele pasarme a menudo. Pero no. Me sorprende un individuo allanando mi perímetro de seguridad y confort vital. “Es que te he visto antes y me gustaría conocerte”. Me callo, sí, me callo.
Me subo al coche, un coche que no me permite escapar al conducir. Fluye en su propio ritmo natural, a juego con mis pasos. Se mantiene en el aire pisando tierra, concentrado en ordenar y clasificar, salvo que algo o alguien llame su atención. Me gusta y dulcifico el tacto del volante, pero como soy tímida decido no hablarle aún, es pronto.

Suena el móvil, miro la pantalla a ver si por arte de magia desaparece el negro que la opaca. Voilà, uno de los puntales de mi edificio. “¿Dónde estás?”. Quedamos para comer. Le cuento por encima, sobran las palabras, me salpica la pena en la cara, es inevitable. Los cambios me arrugan el alma, echo de menos a Astrid. Él me cuenta. Nos reímos. También deliramos. Nos preguntamos qué pasaría si pusieran la antena en la mesa de al lado.

—Todo es lo mismo. Más de lo mismo.

(Pillamos la conversación a medias de una pareja de cuarentaylargos).

—Entonces, que se corte las venas…

Sonrío entre dientes, es de las mías.

—Dile que no tenga prisa, que se tome las cosas con calma, y que si alguien tiene interés, que mueva el culo.

—Pero si es más de lo mismo, ¿para qué? Mejor que se quede como está, ¿no? ¿Tú lo moverías? Con lo que has dicho…

—No, la verdad es que no. La dejaría a ver si ella también tiene interés…

—Si ninguno mueve el culo y es más de lo mismo… ¿En qué quedamos?

—Yo estaría solo.

Ella mastica el nudo que se formó en su garganta. Huelo lo mucho que se conocen, las teclas que se tocan y han dejado de tocarse, la seguridad que se han trabajado en su constancia, el respeto a la individualidad que los mantiene unidos, la afinidad que dota la fluidez de sus charlas (no saben mentirse, pese a que se hagan daño), la acuarela que ilumina su propio espacio colmando de libertad su día a día y las diferencias que activan los conflictos para beberse de pasión ardiendo en la vida, y en la cama. No son los mismos de hace años, aunque conserven la esencia, se han crecido ante los cambios, se eligen diariamente, por eso, siguen enamorados, saben desenamorarse para enamorarse una y otra vez, con esa paciente impaciencia. Siento el irrefrenable impulso de aplaudir al leer los subtítulos constituyendo su club de fans en el acto y gritar “olé”. Me callo.

—Si no estuviera contigo, estaría solo.

Ella alza la mirada y encuentra la suya. Él abre los ojos para que ella saboree la verdad. Se conocen y reconocen al instante.

—No te cierres nunca al amor.

—Llevamos once años casados ¿cuántas veces te repito que al hablar con la gente y las mierdas que me sueltan, sé lo afortunado que soy? Perdí la cuenta…, a veces no sé si te lo digo, pero es algo que pienso constantemente. Apuntaba maneras para quedarme solo… ¿Recuerdas cuando trabajábamos juntos y en plena discusión oímos desde la calle cómo alguien gritaba “mátala”?

Ríen. Mi hermano y yo nos aguantamos la risa de un trago. Evocamos a nuestros padres. Las charlas sobre no tener miedo a amar y temer la amargura. Las caricias que se posan sobre la dolorosa cachetada, de cachetadas que al final se liberan en caricias.

Continúa el día con sus claroscuros, con esos juegos de luces y sombras.

Hago un kit-kat y salgo a fumar un cigarrillo, me apoyo en el muro para perderme un rato, un ratito, uno solo. Dos chicas de unos treintaypocos le hacen un peeling químico a una tal Mónica para ponerle la cara colorada cuando lo que le están provocando es una otitis. “Es una calientapollas”. Acto seguido comentan el último modelito que se puso para no sé qué party y en que cualquier día acabará siendo violada porque va provocando.

La bata de cola, ni se inmuta. Antes, solo me hacían falta dos palmas, una sevillana del WhatsApp y me tiraba al ruedo con el tanque cargando municiones de treinta kilogramos contra mí misma. Usan el demasiado demasiadas veces, valga la redundancia. Mis ojos cerrados lo entienden, pero abiertos no lo ven. No todas las explosiones son una guerra. Ni todas las guerras son mías. Conozco la famosa escena de Psicosis, apago el cigarro y me voy.

En cuanto veo a Javi me dan ganas de abrazarlo, no lo hago en ese momento, pero tras una ingesta hipercalórica de cuatro horas de trabajo aderezadas de inteligencia vincular, lobos, alfileres, agorafobia, ficheros lunares, antropología y travels cheques falsos, casi lo hago.

Vuelvo a subirme al coche, quiere contarme algo, pero también es tímido y se complace en el sosiego que nos arropa en la conducción. No es fácil encontrar comodidad en el silencio y me impresiona que lo lleve incorporado. No quiero que lo note, aunque sonrío con picardía y me deleito con el tacto del volante un poquito más.

Llego a casa, lleno la bañera. Me debato entre el vaho de la espesa niebla que dicta el agua hirviendo y el aire gélido que ondula en la ventana abierta. Pienso. Siento. Recuerdo las lágrimas con un punzante dolor que me atraviesa el pecho y obstruye mi respiración, me embarga un imperioso tropel de incertidumbres que viajan en el espacio-tiempo de mi estómago empujándome contra la cegadora liberación del futuro. Contemplo el mar de ardora en el alféizar un rato, mi rato. Acaba el día entre la lluvia y lo que me deja la vida: todo depende del jardín, del barro, de los ojos con que se mira, de las coordenadas con respecto al sol; de la ceniza, de las ilusiones, de las nubes y el humo de la chimenea y… así, de forma interminable en ese infinito de matrioskas que desvelan la consciencia de una partida de ajedrez que juegas sin dividirte, sin luchar contra ti mismo, integrando; asumiendo la perspectiva global de un observador, incluso de un tercer observador que observa a quien la observa de forma ilimitada. Sencillamente, amando el ajedrez en esa línea de ascensión que adquiere la dimensión de la geometría y eleva a la figura plana.

Yo sigo r que r, el mundo gira, y seguirá girando, y lo que mueve al mundo es el amor, me cuente lo que me cuente en su girar.

Esos pantalones y ese par de zapatos, siguen siendo mi credo al pisar el asfalto.

Dácil Rodríguez

Dacil Rdguez1

Escritora y Psicóloga

Escritora natural de Santa Cruz de Tenerife

Dondestaelhombredemivida

autora de la novela ¿Dónde está el hombre de mi vida?

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