Reconocer

Era su bagaje por tantos milenios lo que le reportaba aquella frescura con sabor añejo. Su pelo revuelto y algunas canas suavemente sorteadas que salpicaban el naciente… Era desconfiado e incrédulo. Pero, en su foro interno, profundo y noble. Pactó con el diablo su propio destierro y se confinó al platonismo de unos versos caducos mirando al pasado con insistencia para anclarse en el abismo perdido de una tierra secreta y, de cuando en cuando, sentir la ansiedad de un temeroso futuro al que no deseaba llegar bajo ningún concepto. En su presente, solo existía la afamada provocación de la polémica y el impertinente latido en sus sienes de un quejumbroso dilema; una compleja ecuación que su lógica se empeñaba en descifrar como si fuera el solitario John Forbes Nash, abocado a la paranoia de sus propios delirios y, sin embargo, premio Nobel en el acierto que tarde o temprano sabía llegaría.

Su lustrosa mente la escalera de Penrose; infinita, imposible. Intrincada y laberíntica, asediada por revolucionarias voces que viajaban desde otro espacio, y otro tiempo, incluso desde el Más Allá.

Así se vestía su alma inmortal, bajo ese etéreo martirio de rendirle pleitesía a un ego malherido y hambriento. Vital y fogoso, pero errante. Prisionero en su propia cárcel, dueño de un silencio lejano que tiempo atrás descolgó un teléfono para chirriar en sus labios aquel reclamo… Aquella eterna sed de amor.

En su corazón un compromiso férreo digno de mi respeto, y admiración.

Llegó a mi vida como un relámpago una noche de tormenta. De alguna forma lo esperaba, pero cada vez que se presentaba me sorprendía, pues entraba y salía a escena con una imprevisible naturalidad calculada y fría.

Complicado a la enésima potencia para las reglas de un juego que nunca supe traducir, aunque, por momentos, hablásemos el mismo idioma. “Muchomásicamente” insano y perverso, pero apasionado… ¡Tan apasionado! Aún con la piel ensangrentada lo era. Lo es; y lo seguirá siendo.

“Nuestro objetivo no es convertirnos en los demás, sino reconocernos, aprender a ver al otro y honrarlo por lo que es”.

Hermann Hesse (1877-1962) Premio Nobel de Literatura, 1946.

En el contacto nos nutrimos, crecemos, pero tan solo si somos capaces de apreciar y entender, con suma delicadeza, que no nos vestimos con la piel ajena, sencillamente, nos atrevemos a mudar la propia.

Reconocer al otro y honrarlo no implica reafirmarse a través de quién es. No supone entrar en competencia por ser un “digno adversario” o negarlo a fin de evitar dicho contacto.

El reconocimiento parte del brillo natural que desprenden las personas que irradian cuanto son. Los focos solo iluminan la figura en sombra, opaca, que cobra protagonismo ante una luz proyectada.

Cuando alcanzamos este punto, trascendemos. La trascendencia del yo cobra distintas formas en función de la maestría -madurez- que se haya desarrollado: conocimiento personal, capacidad de autocrítica, reflexión. Sólo a través de estas cualidades es posible reconocer a otro y asumir la responsabilidad implícita.

La desconfianza dista del autoconocimiento y el conocimiento, por eso reconocer se lee igual al derecho que al revés y cuando señalamos a otro, tres dedos apuntan hacia nosotros.

Podemos sentir el instinto de arrasarlo todo con un intenso dolor llevados por las bajas pasiones, los celos, miedos, rencores, envidia y espíritu de venganza; estallar poseídos por una corriente eléctrica que serpentea deseosa de liberarse y desapegarse a fin de preservar las barreras del ego; o disolvernos en las frías aguas de un tsunami en busca de máscaras, mentiras y ambigüedades para justificarnos. Pero un verdadero contacto siempre provocará un impacto que derrumbe parte de la estructura caduca que somos, y que ya no nos sirve.

En cualquier caso, las caídas murallas que erigían nuestras defensas pueden volver a levantarse sin tino, con inconsciencia. Fortificando, aún más, nuestro yo, limitándonos, aún más, por miedo.

Contamos con la libertad de elegir: cercenarnos o evolucionar. Blindarnos o expandirnos. Y ninguno de esos extremos dicta lo correcto o lo incorrecto, sencillamente; la elección.

La información requiere de la experiencia para convertirse en conocimiento y éste, de la humildad necesaria para aprender de él y alcanzar la sabiduría. Y es, precisamente, esa sabiduría, la que nos permite reconocer y honrar, así, sin más.


Creo que hay que ser prudentes, pero sin cruzar las espadas. Que cuando las personas pasan de la valentía a la locura, han perdido las ganas de vivir, y les importa bien poco “morir en acto de servicio”. El corazón libra sendas batallas, pero con la mente.

*Muchomásica para Diario de Avisos “Islas Canarias” http://dacilrguez.blogspot.com.es/2015/04/muchomasica.html

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Escritora y Psicóloga

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Natural de Santa Cruz de Tenerife

Autora de la novela:  ¿Dónde está el hombre de mi vida?

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