Tiempo sin memoria y largos atajos,

y de contradicciones está el mundo lleno.

Te despiertas por la mañana y recibes una dosis de incoherencia descomunal que te hace creer cada vez menos en el género humano. Así que te vas a compensar al “otro extremo” que confía plenamente en el potencial de crecimiento de cada individuo y en el respeto. Ya en el justo equilibrio, superada la mezquindad de los titulares que congestionan el mundo, te animas a pisarlo, aunque por momentos te parezca que gira demasiado rápido para andar en él de una forma natural. Con el café aún caliente en el estómago, te tropiezas con la evidente realidad, una vez más, y una señora que se sienta a tu vera empieza a narrarte el infortunio que le persigue desde su infancia tragando nudos. Rebuscas en el bolso un pañuelo de papel para contribuir a que exhale la pena que arrastra por tantos años, tantos, que se le ha enquistado en el pecho devorándola con un cáncer. Te compadeces de su alma errante, prisionera en un mundo que piensa no la quiere y repudia mientras desea fervientemente que Dios la lleve…

Salgo del parking y en la primera rotonda, al coche que va delante se le cruza una avispa que se salta el ceda el paso cual abeja reina con ganas de clavar el aguijón. Pego un frenazo (casi se lo come). Y me dejan encerrada en la rotonda “un hombre muerto y una mujer sin vida”. Él le da un bocinazo, porque casi acaba con sus cervicales en el acto y la “señora” se engrandece arrojando su frustración en él. Pensé que su santa madre no tenía culpa de que ella llegara tarde a donde fuera, pero él le esgrimió sin piedad que estaba próxima a la menopausia y no muy satisfecha en la alcoba. Durante unos minutos estuvieron proyectándose los sinsabores de sus vidas. Cualquiera creería, por la cantidad de improperios a mansalva, que se trataba de dos bestias salvajes del suroeste de… Pero ambos, ataviados con su mejor vestimenta y el título universitario por delante, se quitaron las caretas. La fila de coches fue en aumento, nadie le dio al claxon, la cosa se ponía cada vez más interesante para una humanidad que disfruta viendo como ruedan cabezas. No hubo heridos ni muertos, solo palabras. No obstante cuanto se dijeron sentenció sus almas. Él se había casado con una “buena mujer”, una mujer con la que podía pasear de la mano sin tirarse de los pelos hasta quedarse calvo. Hipotecó el amor a cambio de conducir un Lexus y ostentar un puesto directivo en la empresa de sus padres. Llenó la copa con la que brindaría de veneno, sustituyéndolo por alcohol cada vez que la revoltosa avispa se posara engreída en sus pensamientos saltándose cualquier stop. Ella no había hecho nada teniéndolo todo y raqueaba a duras penas entre trabajo, hijos y un marido al que despreciaba de lejos tirándole del brazo al jefe de otro departamento para lamerse el ego una vez a la semana. Me obligaron a ver esa película en primera fila durante tres minutos enteros, como si no la hubiera visto ya…

Pienso que algunas personas pisotean el asfalto lo justo, porque con frecuencia ven como corren los demás sin rumbo, alarmados, perdidos y exhaustos de tanta carrera, como si fuesen perseguidos por el peor de los asesinos en serie, huyendo de algo, de alguien, de la propia vida… ¿De esa verdad que los hace libres? La rara soy yo, conste, porque no corro, pero tampoco duermo. Me mantengo en estado de vigilia para mirar de frente a la serpiente de cascabel y atarme el ego en corto ante un mundo que, con excesiva frecuencia, es demasiado cruel y cobarde para mi gusto. Rara para aquellas personas que por propia conveniencia cuentan con una mala memoria, flaca y desnutrida, que sólo recuerda lo que le interesa cuando le interesa, pues el remordimiento no es compatible con su egoísmo y bajeza moral. Tal vez, por ello, la palabra remordimiento comience a derretirse en todos los diccionarios del mundo hasta desaparecer, abocada al desuso desde su nacimiento cual hijo no nato, negada al cruento destierro de una conciencia que de limpia tiene la mendaz y compulsiva manía de meter bajo la alfombra cuanto defeca.

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Ni remordimiento, ni verdad. Ni honestidad ni valentía. Y el poco coraje con el que se camina se guarda para echarle sin escrúpulos la culpa a otro, a quien sea, da igual, para seguir corriendo hasta desgastar la suelas, agotarse y cansarse lo suficiente para corromper el alma del que se tiene en frente y estrujarle el corazón hasta pararlo de un infarto. Los remordimientos, para la mayoría, no son los océanos de una culpa que se evaporan dejando la sal, que pica y escuece hasta que asumas la responsabilidad. Esa sal sólo la sienten los que son inteligentes y escogen aprender con humildad. El diablo es astuto, pero no inteligente, y cava su propia tumba entre tequila, minifaldas y versos dantescos que esconden la alta factura de un ego discordante que mata cual raticida. Para negociar con él hace falta ser muy necio, y cobarde.

Por eso, lo que verdaderamente duele y castiga, remuerde, a día de hoy, en este mundo, es el cash. El dinero es lo único que compra y que también vende a las personas a través de un ego capitalizado. A golpe de talonario se gana cualquier partido, cualquier guerra, incluso la de los remordimientos. Se conceden pensiones, manutenciones e indemnizaciones a cambio de accidentes, asesinatos, violaciones, hijos vejados por una repugnante vanidad… Los corazones rotos no hacen daño, nunca, porque si actúas con él jamás se rompe, aunque duela, a lo máximo que llega es a entender la libertad que dicta el quién, sin importar el cómo… Lo que rompe es el ego, la soberbia, la falta de amor… el orgullo, y la vacua estructura que da. El corazón siente y actúa como un niño, con esa eterna inocencia, siempre con ganas de jugar, de más. Y eso no lo entiende cualquiera, de ser así la humanidad no se lavaría la culpa y se vengaría a base de rascarse los bolsillos o rascar en el bolsillo ajeno. Ni confinaría al tormentoso Hades de la perversión humana cualquier atisbo de responsabilidad. La vida sigue, es disfrute permanente, hedonismo inmarcesible, eterno arrebol de perfección mientras los billetes de quinientos euros circulen. Incluso pervierte la palabra más pronunciada bajo la falsa promesa de unos bienes gananciales que dan tranquilidad para acomodarse y echar raíces, la vicia con pisos de lujo, coches de alta gama y accesorios que gritan la pena de quien los ostenta. Una corrupción cíclica en zonas de confort de ladrillos de veinte que no permiten que nada que no porte un hedor pestilente las sobrepase. Para que no se note el azufre y haga juego con el adosado unifamiliar. Para que “los hombres vacíos y las mujeres sin vida” puedan continuar su deambular, tan dormidos y atrapados en la amargura de su inconsciencia que se condenen a la restricción eterna.

Piso el mismo suelo que tú, el mismo asfalto, pero mis pies no se queman por transitarlo. No maquillo mis cicatrices ni las exhibo orgullosa cual heridas de guerra, aprendí que eso del orgullo va matando al alma y la condena. No me escondo, no me oculto, no llevo una máscara waterproof ni me vendo los ojos a diario para justificar algo, por muy alguito que sea. Sé pedir perdón cuando me equivoco, rectificar, gritar a los cuatro vientos un “te amo”, dar las gracias a la vida por la abundancia más valiosa que me ha dado: la capacidad de ser, de amar, y no solo de estar, o peor, de aparentar.

Me mordí la lengua ante las lágrimas de aquella mujer que sollozaba por una vida amarga que tan solo vivió ella. “Oh, pobre de mí, cuánto daño me han hechos los demás y yo tan buena…”.

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*Quizás a lo que se ha acostumbrado el mundo sea a la falta de amor, y a la incoherencia. A contemplar la visión más cruel de la existencia, como si viviéramos limitados, condenados a vagar en ella portando un hedonismo extremo para compensar y no ser juzgados. No es una cosa ni la otra. El amor no inclina la balanza a favor ni en contra. No genera una cuenta de resultados con pérdidas y ganancias. Eso es cosa del ego, de la vanidad, de la soberbia. Y del poderoso caballero Don Dinero que cruza cualquier umbral. De quienes se miran al espejo para ver una cara bonita y un cuerpo esculpido a base de gimnasio o bisturí y se exhiben como maniquíes en una vitrina de cristal. 

Creo firmemente que hay que ser sol, aunque el cielo esté nublado. Que quien da vida a mi cuerpo es mi corazón y, que sólo él, habla por mi alma. Contemplo la existencia como una partida de ajedrez; negras y blancas, en la que solo gana quien está dispuesto a aprender. Y sería una necia si de verdad creyera que cada hecho, cada persona, cada momento, no atiende a un porqué. Realmente perdería por completo mi esencia si afilara la lengua en lugar de extender un kleenex. Si renegara de mi propia condición humana y lapidara la compasión en pro de una cachetada mal dada y a destiempo. Creo en mirarse a los ojos, pero en el espejo primero, en cincelarse a uno mismo a base de trabajo y constancia, de practicar el ejercicio al aire libre de una sana sinceridad sin herir a nadie. En la extinta coherencia que pone de manifiesto quien se es y se será. 

Entiendo cualquier proceso de alquimia, de curación. La sed de un ego desnutrido y herido, el empacho, la indigestión, el orgullo relamido que sueña con macabras venganzas; la ausencia de amor. Lo entiendo, pero me cuesta encajar que alguien quiera quedarse ahí, atascado, dando vueltas en círculo, girando en espiral, simple y sencillamente, por miedo a lo desconocido, por temor a expandirse, a crecer, por comodidad. Me cuesta encajar que alguien se niegue a vivir, que se reduzca a un “pobre de mí” que se alimenta de un culpable. Que la gente viaje en un deportivo para olvidar al amor de su vida o le sea infiel a su pareja porque no es capaz de aguantarse la mirada diez segundos frente al espejo. Me cuesta encajar la cobardía, ese quiero, pero no puedo y si puedo, no quiero, esa retahíla de justificaciones absurdas que a veces nos damos para no amar ni amarnos de verdad. A veces me cuesta entender al mundo, posar mis pies y caminar, pero si hay algo que me fascina es crecerme ante la adversidad. 

De contradicciones está el mundo lleno, vivimos en dualidad y, ahora, toca andar. 



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Escritora y Psicologa

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Natural de Santa Cruz de Tenerife

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Autora de la novela:  ¿Dónde está el hombre de mi vida?

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